domingo, 9 de enero de 2011

EL LAVAPLATOS

Llevaba un tiempo pensado que se acercaba el momento de tomar una decisión. Lo de tomar una decisión tiene su momento. Es un error tanto la precipitación como la dilación. En el primer caso porque después te arrepientes, del cuándo, de los modos, de la decisión en sí. En el segundo caso porque los motivos acaban ajados, enrarecidos, como pasados de fecha y uno decide cansado, por aburrimiento, y esa no será nunca la decisión que aporte frescura y renovación a la propia vida. Hay que decidir cuando hay que decidir. Ni antes, ni después.

Desde siempre. Desde siempre, cada vez que me aproximo al lavaplatos y agarro la pestaña de la puerta para abrirlo me invade un discreto desasosiego que, si bien es autolimitado y no me ha dejado estigmas a lo largo del tiempo, no me resulta agradable en modo alguno. Pero si abro la puerta y lo que encuentro es esa enorme boca abierta llena de dientes limpios de cuando sale uno del dentista, lo que me sobreviene entonces es otra cosa, es algo sobrecogedor y mortificante que me ahoga y me hace perder la razón. Uno nunca sabe, pero yo podría jurar que este transtorno reiterado, esta gota incesante ha debido ir minando mis defensas psicológicas año tras año hasta dejarme en este dramático estado en el que me encuentro, en el que me encontraba, mejor dicho. Y quién se atreve a decirme que no.

Vaciar el lavaplatos. Lo odio. Me mata. Dice mi amiga A que no hay que exagerar, que son cinco minutos y que el beneficio de después (poder llenarlo de platos sucios y así ahorrarte una fregaza a mano) recompensa muy mucho lo eventualmente tedioso de la tarea. Y entonces me acuerdo de mi otra amiga, B, que propugna la continua aceptación generosa de los requerimientos sexuales de la propia pareja aún a pesar de que una no tenga ganas (lo más habitual), porque total, al final te alegras.

Son perspectivas, no hay que desdeñar las perspectivas de otros, sobre todo si son amigos. Y desde luego yo no las desdeño. Y debo decir que yo lo entiendo todo. Lo respeto todo. Menos la pedofilia y la afición al balompié todo me parece bien, pero no sería honesta conmigo misma si asumiera para mí las actitudes vitales de mis queridas A y B, que son la misma, en definitiva. Mi naturaleza no es esa. La profunda aversión que me produce un lavaplatos lleno de platos limpios, el odio, los deseos de romper, de matar, no tienen compensación alguna después. No creo que sea bueno enmascarar esa pulsión de muerte, de hecho dice mi terapeuta que el primer paso es aceptar este odio. Luego ya veremos qué hacemos con él. Y yo estoy de acuerdo con él en este punto. Qué leches.

Y hoy ha sido el día. Después de una estupenda cena en casa, despedidos los amigos he pensado que con la alegre embriaguez del vino, el gin&tonic y la amistad en estado puro podía enfrentarme sin miedo a cualquiera que fuera el contenido del lavaplatos. Pero no ha sido así, al abrir la puerta y encontrarlo repleto de utensilios limpios he sentido un click en mi interior, he caído súbitamente en el vacío y he atravesado las puertas del averno. Sin contemplaciones he tomado el cuchillo jamonero, todavía caliente, y en un par de lances de esgrima he abierto zas, zas, las dos yugulares del cuello de mi novio. Pero con una asombrosa frialdad, oye. Asombrosa. Tanto, que esa ha sido la pista de que había llegado el momento de tomar una decisión, el hielo en mi cabeza y en mis manos me han dado el empujón definitivo.

Ahhhh, y he decidido, sí. ¡Y estoy muy contenta!. Sé que me enfrento a una nueva etapa, que me adentro en un territorio desconocido donde todo es incertidumbre, pero me siento con fuerzas, con ganas. Es mi momento y me invade una determinación tan expansiva y tan incontenible como la primavera. ¡Sí, adelante!.

De modo que ni corta, ni perezosa he quitado la puerta del lavaplatos y lo he desenchufado. En la bandeja superior he colocado las obras completas de Vargas Llosa y en la de abajo las filmografías de Almodóvar y de Santiago Segura, más unas flores, unas fotos, en fin, algunos detalles personales. Ahora tendré que fregar a mano, pero nunca más vaciar el lavaplatos. Y mañana hablare con mi jefe para explicarle que no-voy-a-volver-a-escribir-sucesos-falsos-para-rellenar-huecos-en-el-periódico. Que-escribiré-relatos-eróticos. Y después hablaré con mi madre y le diré que nunca me han gustado sus lentejas, que la quiero, pero que o paella los domingos o nada. Es que es maravilloso, no es el lavaplatos sólo, es todo, ¡todo!.

¡Y me siento otra mujer, sí!. Siento que he asumido el control de mi propia vida, siendo fiel a mi deseo, reencontrándome con mi propio yo, rompiendo absurdos círculos viciosos y rutinas castradoras.

¡Vida, gozo, alegría!