sábado, 11 de agosto de 2012

EN EL VALLE DE ALCUDIA

Aldea de Ventillas

















Aunque clarea, todavía no ha salido el sol. Un vehículo todo terreno abandona una carretera comarcal y asciende por un camino estrecho hasta la mitad de la falda de un monte, se detiene en una explanada delante de una verja metálica y baja un muchacho de unos veinte años, despeinado y perezoso que saca del maletero varias barras de hielo. En un par de viajes lleva todo el hielo al otro lado de la verja y lo deposita sobre una mesa alargada situada delante de una pequeña casa de muros blancos. Con unos golpes de martillo rompe las barras de hielo en pedazos más pequeños y los reparte en los cuatro barreños que alguien ha dejado pegados a la pared. Terminada la operación, se retira el pelo de la cara y se dirige a la casa bostezando. En ese momento sale por la puerta una mujer de mediana edad que se cruza con él y le dice -Manuel, vaya horitas, hijo-, el muchacho gruñe algo y desaparece en el interior.


Amanece un día despejado de principio de verano. La mujer trajina delante de la casa; a su derecha, una higuera frondosa y aromática, cuajada de brevas, empieza a dar sombra a gran parte del patio. Por la puerta aparece un anciano encorvado que da los buenos días a la mujer y sale hasta la explanada desde donde ahora se divisa una amplia extensión del valle de Alcudia. En ese pequeño llano muere el camino que viene de la carretera y nacen a su vez un par de senderos pedregosos que se pierden en el monte entre encinas y matorral. La mujer sigue trabajando y prende unos troncos en una parrilla de obra que hay a la izquierda de la casa, después agarra una escoba y se pone a barrer el patio.

Con el sol ya en lo alto, el sonido de un claxon rompe el rumor de pajarillos y cigarras y la mujer se incorpora a mirar. Por el camino sube un coche azul oscuro que va dejando detrás una nube de polvo amarillo y seco.

-¡Padre, ya empiezan a llegar!

El abuelo está ahora en una pequeña huerta al lado patio, deja lo que está haciendo y se acerca a la mujer que ríe nerviosa. Se para el coche y sale una pareja joven y tres niños pequeños.

-¡Hermano, qué tempranito!, estás más gordo. ¡Hija, Mari, me lo estás poniendo cebón!,
-Uy, Carmen, no me hables.
-¡calla, niña, no me jodas de buena mañana!

Los recién llegados abrazan y besan a la mujer y al viejo y se dirigen al patio.

-Sois los primeros-, dice Carmen, -pero no creo que tarden los demás. Este año nos juntamos todos-.
-¿Y todas?-, pregunta Mari.
-Mari....-, murmuró el marido.

A Carmen se le cae la sonrisa, pero se repone rápidamente

-Ay, cuñá, sí. A ver si pasamos un día bueno, que ya ha pasado tiempo- .
-Nada, nada, yo no digo nada...zanja Mari.

Los niños se abrazan al viejo, -¡abuelo, llévanos a ver el jabalí!- y el abuelo se los lleva adentro a través de una cortina gruesa que franquea la entrada detrás de la puerta. Dentro, está oscuro y en silencio, y los niños se agarran al viejo hasta que él abre la hoja de una contraventana y se hace la luz. La estancia es amplia y está muy limpia y muy fresca. Los muebles son sencillos y hay varios trofeos de caza disecados a la vista: una perdiz, un gato montés y hasta un pequeño zorro sobre un aparador antiguo. Pero lo que capta inmediatamente la atención del que entra es la cabeza enorme de un jabalí colgada sobre la chimenea en el muro frontal, con los ojos brillantes y unos relucientes colmillos apuntando al techo. La cabeza muerta con los ojos abiertos, la penumbra y el silencio. Los niños miran al jabalí desde abajo sobrecogidos.

-¡Abuelo cuéntanos otra vez cuando cazaste al jabalí!- le piden los pequeños, pero en ese instante se escucha otro claxon a lo lejos y Carmen grita -¡Ya vienen los de Bilbao!-, y los niños salen corriendo de la casa.

En una hora se repite la escena una y otra vez hasta que un total de ocho coches, más el todo terreno, ocupan entera la explanada. En cada uno de ellos llega un hermano o hermana de Carmen con su pareja y uno, varios niños. Así, a media mañana, un numeroso grupo humano ocupa caóticamente los alrededores de la casa. Los niños se dispersan por el campo y los adultos entran y salen, sacan bultos de los maleteros de los coches y poco a poco se van acomodando bajo la sombra de la higuera, al amparo de los barreños que ahora están enfriando bebidas. Hablan, se contemplan, y se abrazan unos a otros. Carmen saca de la casa un par de fuentes con chuletas y agarra a una de sus hermanas del brazo -¡Paula, venga, vente conmigo a la parrilla!-. La hermana la acompaña un poco desganada y Carmen le pregunta,

-¿Cómo vais, Paula?,
-Pues regular, Carmen. Regular. Y desde que me he bajado del coche, yo fatal, descompuesta. No no la puedo ni mirar...
-Eso no puede ser. Hace ya dos años, Paula- le contesta Carmen, pero ella no la escucha, mira fijamente a las brasas con los ojos inundados de lágrimas, y siguie hablando.
-Lo tengo todo vivo en la retina. Cierro los ojos y parece que estoy allí, y se me viene el mismo dolor, la misma rabia y el dolor de la niña. Sé lo que me vas a decir, Carmen, que se habló, que se resolvió, que le dimos muchas vueltas y que supimos lo que queríamos. Todo eso lo sé, pero esto es algo que puede conmigo...Y no sé qué hacemos aquí...creo que no debimos venir... Pablo me dijo que a él no le importaba faltar esta vez, que si yo no iba a estar cómoda no viniéramos, que él mismo no se sentía con ánimo. Pero yo pensé que algún día tenía que ser. Y aquí estamos...y mira, cada uno en una punta…

Paula se queda callada moviendo las chuletas en la parrilla y Carmen espera un poco antes de seguir,

-¿Y la niña?
-Paulita regular. Tiene sólo once años, Carmen… y hace dos, nueve,… y lo vio todo. Desde entonces está muy retraída y no se separa de su padre ni de día ni de noche.
-¡Ay madre mía!-, suspira Carmen. Y ahí termina la conversación porque algunos empiezan a preguntar por la carne.

Mientras tanto, el abuelo se ha sentado al lado de la higuera y se entretiene haciendo dibujos en el suelo con un palo. Ha saludado a todo el que iba llegando pero no se mezcla ni se queda con nadie. Allí está, apartado y con el gesto huraño.

-¡Abuelo, véngase aquí con los hombres!-, le dice uno de los cuñados, pero él lo mira fijamente sin dejar de mover el palito y no le contesta ni se mueve de su silla. Hace un rato que se ha dado cuenta de que una de las niñas no está jugando con los otros, que está al lado de su padre, con los mayores, y la mira de reojo de cuando en cuando. Al final se acerca a la niña y le dice, -Paulita, vente conmigo a la charca, a ver si vemos culebras-. A la niña se le encienden los ojos y se va de la mano con el abuelo. Y por el camino se van encontrando primos, unos cogiendo moras, otros subiéndose a los árboles y los más mayores sentados en círculo contándose sus cosas.

No hace calor esa mañana y el ambiente en el patio es alegre. Hay varios corrillos de hermanos y cuñados animados de risas y cerveza que hacen turnos en las brasas y hablan de fútbol, del trabajo y de política. Las mujeres están más atareadas, andan parloteando, poniendo la mesa y preparando aperitivos, y de vez en cuando se acercan a los grupos de los hombres y bromean con ellos. Carmen parece contenta y está pendiente de que no falte nada y de que todo el mundo esté a gusto. Y aunque no es la hermana mayor aglutina bien en la reunión, pero desde que ha hablado con su hermana Paula está seria y no deja de observar a unos y otros. En un momento se da cuenta de que una de las cuñadas está sola, paseándose entre las matas de pepinos y tomates de la huerta y se apresura a llamarla, -¡Nuria, échame una mano con el pan!.

Y así va transcurriendo la mañana y se hace la hora de comer. Aún no han avisado a los niños pero ellos están empezando a llegar y van picoteando con hambre de los aperitivos que esperan en la mesa. Carmen pide a uno de los hombres que vaya a buscar a los que faltan. En estas, el abuelo y Paulita ya suben por el sendero de la charca. La niña trae una botella pequeña de cristal llena de saltamontes vivos, viene saltando contenta y canturreando de la mano del viejo que canta con ella y se ríe.

Al atravesar la verja y entrar en el patio, la niña busca con los ojos a su padre y no lo ve, a continuación a su madre y tampoco la ve, y se inquieta -¡Abuelo!-, y le pregunta -¿Dónde está la tía Nuria?-, dejando caer la botella. Al abuelo se le desencaja el gesto y abraza con fuerza a su nieta, -¡ven aquí, cariño mío!. Y esa escena se convierte en el centro de todas las miradas inmediatamente. Mari susurra para sus adentros -verás...-.

En ese mismo instante se escucha el ruido seco de un disparo dentro de la casa y, apenas sin pausa, otro. Un segundo en el que todos se quedan paralizados y un chillido de Paulita desgarra el mediodía. Y entonces, la gruesa cortina oscura de la puerta se mueve y aparece Manuel, el hijo de Carmen, en calzoncillos y descalzo, con los ojos desorbitados y exclama -¡Los ha matao!, ¡a los dos!.

martes, 10 de julio de 2012

LAS PARTÍCULAS ELEMENTALES


Sólo recuerdo la emoción de las cosas,
y se me olvida todo lo demás;
muchas son las lagunas de mi memoria

Hay una persona hacia la que mi gratitud no será nunca justa. Quiero decirlo hoy y aquí.

Ocurre que él rescató estos versos de Machado en su momento y me los ofreció como el que te pasa la sal, como el que te acerca el martillo o la toalla. Y con el paso del tiempo la resonancia de estos versos ha llegado a ser una herramienta muy valiosa para mí. Unos meses más tarde esta misma persona me propuso Las partículas elementales y no hay nada que recuerde más de este libro que la emoción que me suscitó. Machado... En realidad, mi experiencia de esta novela y de Houellebecq en general es una experiencia emotiva que no se parece mucho a una experiencia de placer estético o al disfrute de una buena historia. En realidad, si de algo hablo cuando hablo de Houellebecq por encima de otros autores es de afectos propios.

La emoción de las cosas...

No diré nada de mi trayecto a lo largo de la novela. Sólo quiero contar el final. Terminé de leer Las partículas elementales el día 24 de agosto de 2008 en un ferry que me llevaba de la isla de Mallorca a la península. Después del punto final cerré el libro y levanté la mirada. En el horizonte, a través de la ventana, la costa de Ibiza. Dentro del barco, moquetas y tapicerías anaranjadas y otras personas matando el tiempo en sus cosas. Me quedé inmóvil durante un rato, respirando despacio por la boca en la danza pasiva del bamboleo amplio y lento del barco. No podía hablar, no podía moverme, no tenía ningún deseo ni ninguna necesidad, no sentía placer, ni dolor. No importaba el paisaje. No había paisaje. Ni fuego, ni hielo. El final del libro fue para mí una puerta abierta a la parálisis, el vacío y el desafecto.

Esa sensación me duró días y me produjo perplejidad, tanta que intenté entender por qué me había pasado esto. Investigué sobre Houellebecq y leí otros libros suyos, con efectos parecidos. Tuve la suerte de poder asistir a una conferencia que pronunció cerca de mi ciudad. Podría hablar de su vida, de su aspecto, de su mirada, de su narrativa y de su madre. Pero nada de eso explica mi experiencia con su libro, al menos no principalmente. Claro que no. Y además da igual. Lo que importa es lo que perdura, la emoción de las cosas, y en ello hay más de uno mismo que de cualquier otra cosa.

La emoción de las cosas, Las partículas elementales y mi querido amigo que me ayudaba a limpiar el parabrisas son los vértices de un triángulo primordial para el que quiero que este espacio sea un homenaje.

jueves, 15 de diciembre de 2011

DE BUCLES ENVENENADOS

He vuelto a leer Rayuela, esta vez con los ojos cerrados. La Maga estaba acariciando un gato cuando he oído tu llave en la cerradura y me he sobresaltado tanto que el pobre animal ha salido corriendo.

Has vuelto de nuevo. Te esperaba.

Nunca volví a leer con los ojos abiertos después de que te fueras la última vez porque pasar las páginas era como acariciar tu cara y me moría. Cierro los ojos para relatarme la secuencia saltarina de capítulos en la que te traigo, te dejo marchar, te vuelvo a encontrar, te quedas un rato, te vas para siempre, vuelves.

No sé si has vuelto. No me atrevo a llamarte por si no me contestas.

La primera vez que te fuiste no había otro horizonte en mi camino que tu paradero. De aquellas noches en duermevela recuerdo retazos de sueños en los que buscaba angustiado unas llaves, un lápiz, mis gafas…Una mañana volviste llorando y te arrojaste a mis brazos. Entonces comenzaron a llegar bandadas de pajaritos a beber de la fuente y la luz del sol se coló por todas las rendijas. Esa plenitud centrípeta abrió las ventanas y ventiló nuestras vidas. Pero una madrugada sonó el teléfono y dos días después ya no estabas.

No sé a ciencia cierta si estás muerta, así que no lo estás. Ven.

Caí enfermo. No veía, no oía nada. A veces no respiraba. Sólo salía de la casa para abrir la verja al jardinero cada dos días. El camino de los cipreses no era un camino sino un túnel con bóveda de roca y yo me arañaba la cabeza y las manos con las aristas de la concavidad hostil de la muerte. Una vez caí de bruces y me quedé inmóvil en el suelo. El jardinero me vió y saltó la verja para socorrerme, pero al acercarse se asustó de mi aspecto y huyó. El cuchillo no era para él, sino para amedrentar a las fieras que me atacaban pero él no volvió. Volviste tú con un médico y me llevasteis al sanatorio. Eso fue lo que pasó. Ahora lo sabes.

Te amaba. Y te amo. Mi corazón es una máquina reseca pero te quiero, porque te quise. Entra. ¿A qué vienes?, me tiembla el pulso.

Esta vez viniste para quedarte y lo supe cuando vi chisporrotear de capullos los rosales. El vuelo de tus faldas de flores era una sonata de campanillas, y eso son margaritas, aromas, abalorios y son los enanitos de Blancanieves. Entonces sentí que era el momento de limpiar los pinceles y volví a mis lienzos. Pero un día la camioneta del cartero paró delante de la verja y dos días después ya no estabas.

No habrás traído a tu madre. Saca a tu madre de aquí. O son fantasmas. ¿Has venido con fantasmas?

Para entonces ya había aprendido que volverías para siempre, y que te marcharías para siempre una y otra vez. Así que mientras todavía olía a ti en la casa decidí esperarte pintando. Cada mañana me instalaba en el taller para preservar, en un ejercido agotador, un mínimo contexto que sustentara mi vida hasta que volvieras tú, mi aliento, mi latido, mi alma. Pero no, se me secaron los pinceles en la mano porque la luz era mate y dejé de querer atrapar la luz, o la ausencia de luz, o nada. Y no volvías. En lugar de ti, lo que se acercaba era un rumor sordo de tambores y un frente de nubes negras, ominosos y terribles. Lo vi. Era el triunfo de la muerte. Lo vi venir y fui envenenando uno a uno a los gatitos que acudían al platillo de leche. Pobres. Íbamos a morir todos en una espantosa inanición, secos, inmóviles y con los ojos abiertos. No. Así, no.

No te odio. No temas. No fuiste tú. He sido yo. Debí alimentar al arco iris de mi paleta pero alimenté a la niebla del pantano, y ahora me hundo en un desierto de arenas movedizas. Ahora casi sólo respiro y te espero hasta que mi cuerpo desaparezca sin dejar rastro. No puedo hacer más.

¡Ah!, ¿ya te vas?

domingo, 19 de junio de 2011

RETRATO

Esta noche después de la cena no tenía sueño y he preferido acompañar a Leopold en la biblioteca. El se ha acomodado en su butaca y yo me he instalado en la mesita junto a la ventana con la intención de escribir a la pobre tía Elizabeth de Oxford. He pedido una copa de coñac para mi marido y una taza de leche caliente para mí y he despedido al criado hasta mañana.


Leopold y yo no hemos tenido hijos. En los primeros años de nuestro matrimonio ésta fue una circunstancia que turbó mi ánimo sobremanera, pero no queda más remedio que aceptar lo que la vida otorga al destino de cada cual, y ése iba a ser el nuestro, no tendríamos hijos. Leopold es un hombre de carácter reservado y pocas palabras, y yo temía mucho cuál fuera su actitud ante este hecho. Pero los meses pasaban sin sobresaltos y Leopold nunca hizo mención o manifestó disgusto. Yo habría querido hablar de ello, cosa que nunca ocurrió. Así, nuestra vida transcurría, Leopold ocupado en sus pacientes y sus veladas en el club, y yo atendiendo las muchas tareas de la casa y los vaivenes de los criados. Leopold en sus cosas y yo en las mías. Esta es mi vida ahora. No es la vida de mi hermana Mary Ann casada con el embajador en Madrid, con sus fiestas y viajes y recepciones. No es la vida bohemia de Susan Brigham atribulada, enamorada y feliz en París entre artistas borrachos y geniales. Yo atiendo mi jardín y espero ansiosa el espectáculo de la primavera en los macizos de petunias. Pero aquí el cielo es gris y nadie viene nunca. Aún así, no hay tarde en que no me siente a mirar el camino desde la ventana esperando que llegue alguien. Que pase algo.


Leopold cree que no me estoy dando cuenta; finge leer su libro, pero en realidad me parece que está haciéndome un retrato. Levanta la mirada hacia mí de vez en cuando y mueve su mano casi imperceptiblemente sobre las páginas de su novela. Yo sigo con la carta de la tía Elizabeth pero temo no poder contener la risa, ¡ay!.


Hace unos años quise irme. Morir aquí y nacer en otra vida. Quise embarcar a América con otra identidad. Olvidaría a Leopold y los malditos rosales y conocería a otro hombre, apuesto y cariñoso que me llevaría de paseo por el infinito. Pero me faltó valor, o quizá amo demasiado a este hombre lento y silencioso. Ahora es tarde y ya no es mi deseo marcharme. A veces en el coche, camino de la ciudad Leopold me toma la mano y me la aprieta mientras yo le cuento mis cosas. Mira por la ventanilla y me aprieta la mano. A mí me basta. A veces necesito un abrazo pero él no sabe abrazar de otra manera y a mí me basta así.


Han pasado los años y aunque él no sabe de mis lloros ni yo de sus cuitas, Leopold y yo nos nos amamos. Yo amo a Leopold, y lo sé porque me gusta arreglarle el sombrero cada mañana cuando se marcha. Y sé que Leopold me ama a mí, porque a pesar de que no me he desvestido después de la cena, ha venido a enseñarme el retrato con una sonrisa traviesa y me ha dibujado en camisón con un hombro al descubierto y con un ramillete de flores silvestres en la mano desnuda.

lunes, 23 de mayo de 2011

SUSPENDIDA

Suspendida. Mis pies no tocan el fondo ni mi espalda roza la superficie. Todavía. En medio.

Yo saqué a mi propio hijo de debajo de la rueda del camión y lo arrastré hasta un lugar seguro. No se oía nada. Como ahora. El me miraba inmóvil con sus ojos cristalinos y yo lo acunaba, lacio, duérmete niño. Le acaricié la cara y los labios entreabiertos con un dedo. Me di cuenta de que no había hecho eso desde que era un bebé. Y ahora, otra vez ese terciopelo, de mi niño atropellado. Mi niño.

Cuando me lo arrebataron de los brazos y se lo llevaron en la ambulancia se desplomó sobre mí todo el sonido del universo concentrado en un segundo. La cola de Moby Dick emergió por sorpresa y partió en dos el Pequod. Alguien me ofreció un vaso de agua, pero en realidad era una esponja empapada en vinagre.

Ayer por la tarde subí al desván y abrí una puerta. Quería abrir la ventanita que da al naranjo para aspirar el aroma del azahar. Pero abrí la puerta de un armario destartalado lleno de ropa vieja. Abrí el armario en lugar de la ventana porque no veo. Porque no sé ya.

No ha muerto nadie. Mi niño suave y pequeño juega con su pelota y tú lo cuidas. Cuídalo bien. Yo no sé cuidar.

Imagino que escucho el aire entrar y salir rítmicamente de mis pulmones, pero eso ya no puede ser. Estoy sumergida y suspendida. Nadie me va a sacar de aquí porque nadie sabe que estoy aquí, y queda muy poco tiempo.

martes, 22 de marzo de 2011

PERO YA

Un recuerdo desenterrado inesperadamente de una tumba helada. Una escena a sus catorce años en la que ella lloraba desconsolada, de dolor, de rabia, de adolescencia pura y su madre no sabía qué hacer con eso. ¿Cómo es posible que una madre no sepa qué hacer con un hijo que llora?. Luego llegaba el padre, que sí sabía. La obligaba a callarse, "pero ya". Con la sorpresa desagradable de ese recuerdo entró con Mario en el despacho de él a las cuatro de la madrugada.


- Mario, si no fuera por la Nespresso, tu despacho sería el templo de las formas puras. Todas las líneas son paralelas, o perpendiculares, o circunferencias perfectas.

- Vamos a centrarnos, Chena, que son las cuatro.

- Jo-der.

- Perdona, perdóname.

- Nada, nada, vamos a centrarnos.


Y vuelta de la escena de la madre incapaz a la cabeza de Azucena. Ahora lo entendía un poco mejor. Se había acordado de eso porque un rato antes, tras la visión del tercer cadáver, ella misma había tenido la sensación de no saber qué hacer. Pero Mario centraba el juego. Cómo se repiten los patrones, pensaba ella. Cómo nos buscamos para reencontrarnos y perpetuar roles y dinámicas.


Mario rodeó la mesa en mangas de camisa y se sentó erguido, con ese gesto tan suyo de sujetarse la corbata con la mano sobre el abdomen. Tomó un folio en blanco y con su bolígrafo Montblanc comenzó a esquematizar su mapa mental.


- Mira Chena.


Ella estaba sentada al otro lado de la mesa, en el borde de la silla, con el cuerpo inclinado hacia delante y absorta en la contemplación de la escritura de Mario. Toda energía, toda atención. Jugueteaba pellizcándose los labios con la mano derecha. Pero, presa de esa excitación en que se sumía trabajando con Mario, era consciente a la vez de que necesitaba vaselina y de cómo Mario estaba articulando datos, fechas y lugares con una perspicacia sobrenatural.


Los trazos de Mario sobre el folio aserraban la madrugada. Seguros, acotados. Su voz era la de Dios dictando a Moisés.


- Mario, eres la hostia.

- Los vamos a coger, Chena. Sé firme con tus hombres porque los vamos a coger.

- Vete a tomar por culo. Pero ya.




Se levantó, cogió el bolso y su cazadora y abrió la puerta del despacho. Al salir le sacó la lengua a Mario y le hizo una pedorreta. El se quedó de pie, pensativo, y se acordó de su hija Amalia, tan lejos y desde hacía tanto tiempo.

miércoles, 16 de febrero de 2011

PLÉYADES

Una rubia increíble con los codos apoyados en la barra mira las botellas que están ordenadas por licores en la leja de cristal y acaricia distraída el borde de la copa que tiene delante. Desde el fondo del local un muchacho de menos de veinte años no le quita ojo.

En un momento dado, el sonido instantáneo de un golpe seco perfora el rumor de fondo. La rubia cierra los ojos y se yergue inspirando profundamente. Se gira sobre el taburete y contempla con la copa en la mano. Johnny va a ganar la partida, eso es lo único cierto. Todo el universo dentro de los ojos maduros de Johnny, pero ahora, después del Big Bang, los astros se ordenan sobre el paño verde.

Se suceden los golpes y la danza de los contrincantes alrededor de la mesa. Pero Johnny no tiene una buena noche. En cambio, el taco del adversario parece que fuera el lápiz que trazó la espiral sobre la que reposan las Pléyades, y ahora, las conduce de nuevo al cosmos a través de las troneras. Clac, clac, clac. Una tras otra. La muchacha de belleza sobrenatural mira inquisitiva al adversario, pero el joven de menos de veinte años está fuera del haz de luz de la lámpara y apenas se le ve la cara. Golpea y se retira. Otro golpe y paso atrás. Y baja los ojos cuando la chica lo mira de frente.

A la muchacha le viene a la cabeza el tiesto con una flor de pascua que lleva viendo tirado al lado de la casa abandonada desde pasadas las fiestas de Navidad. Todas las tardes pasa por esa esquina en su camino al bar y todas las tardes lo ve. Desde hace días está volcado. El viento habrá sido. Ella supone que lo mearán los perros, que lo patearán los niños camino del colegio. Pero el tallo reseco no deja de echar hojas, pequeñas hojitas arrugadas que van creciendo poco a poco. Ahora en marzo los días son más largos y las hojas ya no salen rojas, salen verdes. Pero siguen saliendo, y la muchacha lleva ya un tiempo que cuando sale de casa se pregunta cómo andará la miserable flor de pascua. Ayer mismo puso el tiesto en pie al pasar, y hoy le ha vaciado las últimas gotas de su botellita de Evian.

Negra en el agujero. Johnny no ha ganado la partida y cabizbajo guarda el taco. La chica se le acerca por detrás y trata de abrazarlo por la cintura, pero él la aparta delicadamente con la mano, sin mirarla, y se marcha, se desvanece una vez que sale del haz de la lámpara. Y ella se queda y lo ve salir.

El joven ganador la está mirando, ahora desde muy cerca. Se decide a invitarla. ¿Quieres….te apetece una copa..?. Ella lo mira con sorpresa y se dirige a la salida sin contestarle. A su paso por la esquina de la casa abandonada, ya de noche, agarra el tiesto de la flor de pascua y se lo lleva a casa.